Memoria de la noche - Domus

Memoria de la noche

El rescate del Centro Histórico de la Ciudad de México ha alterado de manera profunda no sólo las calles y edificios de los barrios que lo componen, sino también sus dinámicas y ritmos cotidianos más íntimos. Susana Iglesias lanza un lamento nocturno por lo perdido bajo el peso de lo nuevo.

 

Opiniónes / Susana Iglesias

Si puedes poner los labios sobre los párpados de la noche, estás en Eje Central: la espina dorsal de la noche mexicana. Aquél que no recorra a pie a altas horas Niño Perdido no ha estado en México, no en el centro de su corazón de piedra amorosa y odio resquebrajado entre sorbos de aguardiente. Aquí no puedes aislar ni quebrar el enorme pedazo que es la noche, todas las esquinas embonan, desde Cuba hasta Perú, desde Bolívar hasta el Callejón del 57, de Santísima hasta el adoquín de Madero: todo es un tejido indestructible. Aquí puedes apretar tu existencia entre las manos, beberte el primer mezcal o el último.

La noche garibaldiana transpira un perfume hermoso, podrido, fuerte y manso. Hace casi una década me detuve en esta esquina: Eje Central–Ecuador, vi a una pareja de enamorados pelear con un cuchillo, forcejear, después besarse. Pensé en lo frágil que es amar. Prefiero las noches de parranda, el amor de una noche en la que uno se jura todo.

Para no faltar a la tradición de la plaza, juré olvidarme de él cantando "Ya no me interesas" al estilo de Lucha Villa, mientras ese perro hambriento y solitario de la memoria corrió detrás de nuestras noches en otra ciudad, persiguiendo el rastro, olfateando los besos, las palabras, las promesas.

¿En qué ciudad estoy? Es la pregunta obligada mientras recorro el Eje Central, saltando entre las grietas del Centro Histórico. Todos mis amores rondan Garibaldi, me ofrecen un trago, una canción, el olvido. La otra noche quise tomar un taxi sobre Eje Central, fue imposible: ahora hay un maldito carril que permite la vuelta de los autos en calles donde cambió el sentido, las esquinas donde antes alzaba el dedo para regresar a casa, ocupadas por una odiosa raya blanca. No pude evitar pensar en lo inútil que ha sido el "rescate" del Centro, revitalización le dicen, pero ¿de qué o de quién lo rescataron?

Lo han rescatado de los nostálgicos, los necios, los habitantes que se negaron a abandonarlo aún cuando después del temblor los edificios se agrietaron, lo han rescatado de los hijos de los recuerdos. Piedra sobre piedra, lugar sobre no-lugar, restaurante de moda sobre bar piojoso, loft de lujo sobre vecindad de sexto patio. No es nuevo, es doloroso, pero no nuevo: iglesia sobre pirámide, frailes evangelizando saca-corazones.

Aquí lo interesante son los sitios intocables, donde no pasa el tiempo, como la esquina del movimiento en Amargura. El Centro nunca ha estado muerto. Aquí siguen los mariachis, a pesar del terrible pastiche del Museo del Tequila. No fumo, pero me enciendo un cigarro para la suerte, me prendo con un trago, camino sobre la plaza, doy vuelta en el edificio calcinado de la esquina, me detengo en un puesto de tacos de crujiente suadero: la noche comienza a cobrar sentido.

Avanzo, el Hotel Ecuador me parece más viejo, afuera un par de chicas nocturnas me recuerdan que la carne es todo o casi todo. Sigo caminando, una caguama en cualquier piquera, estoy lista para regresar al pasado y no volver. Entro al Bombay; está irreconocible. Pido un trago, reconstruyo en mi cabeza el plateado azul, la pista, las mesas con luces y blancos manteles, el letrero del baño que decía "Damas/Caballeros", las chicas rodeando las mesas. Recuerdo un Bombay en mejores épocas, antro de ficha y ron barato. Esta noche su tufo a centro cultural apesta: no se puede bailar hip hop en una pista donde antaño sirenas carnosas engañaban a marineros, diputados o albañiles a ritmo de danzón. Intento hablar con el regente del congal, demasiado joven (la juventud te da ese aire de querer ser interesante en todo momento), me entero que cobra una cantidad obscena por usar su espacio "cultural". No se puede llamar espacio cultural a este bodrio de mala poesía, no se puede llamar cabaretera a una que no entiende ni siquiera los tacones que trae puestos (los tacones son para las diosas nocturnas, no para las niñas que no han vivido). Para acabarla de amolar (diría mi abuelo) los tragos están tibios. Salgo buscando consuelo, me refugio en un café que visito desde niña, perdonaran que no les diga el nombre, pero cada vez que escribo sobre un lugar en el Centro, tiempo después desaparece (escribo esto con la esperanza de que el Bombay abra sus puertas otra vez a la ficha carnosa sirenesca de veinte pesos, quizás con su viejo nombre: Shanghai). La noche respira con su intocable olor a perdición y alegría. Pido un café con leche, me encuentro con una vieja pandilla de meseros del Tenampa, recordamos una vez más como me sacó de ahí el jefe de meseros mientras yo cantaba "No volveré". Muchas veces he querido separar mi cuerpo y mis pensamientos de la noche garibaldiana, escupiendo aborrecimiento a las 8:36 de la mañana. Remojada en vodka, jurando ante más de una decena de mariachis no regresar, pidiendo "Las golondrinas". No uso reloj, eso siempre es peligroso aquí en Eje Central. Desde aquí caminaba hasta el Run-Run, un cabaret en la Tabacalera que ya no existe. En el 33 jamás amanece, en el Ego me puedo quedar dormida en un sillón mientras Valeska o Soraya enredan sus piernas en el tubo o giran bajando de cabeza a ritmo de Cartel de Santa. Al despertar mi bolsa estará ahí esperando. Meto la mano al bolsillo del abrigo: un abrigo que tenía años de no usar y que decidí que me acompañara esta noche, tengo un recuerdo: son los cerillos que antes daban en el Bamer, cuando existía. Esos cerillos no puedo encenderlos, no esta noche, que me perdonen el señor del piano y las bamerettes. Ya no paso por Juárez, no bailo danzón en esa avenida. Es imposible no pensar en todo lo que fue.

Me derrumbo sobre la banqueta de Eje Central. Me quedan doscientos pesos, decido gastarlos en unas canciones de norteño. Sin querer, como siempre, me agencio la simpatía de unos mirreyes y unas lobukis que miran azorados el sombrero que un mariachi me ha puesto. Para mí es una escena vulgar, vieja: para ellos es nuevo, turismo gratuito. Nos seguimos cantando hasta el Tenampa, piden una botella de tequila. Se acaba en menos de una hora. Salimos a la plaza, una hora de mariachi, otra de boleros. Queda el Tapanco: ahí, a ritmo de "Luces de Nueva York" bailamos a la salud de San Juan de Letrán. Amanece. "¿A dónde vamos?", pregunto. "¿No que querías ir a Acapulco?" espeta el mirrey de hermosa sonrisa. Pensé en noches pasadas. Quise pedirle que pasáramos por otro vodka, sella la petición con un beso, sus amigos se arrancan, me arranco, nos arrancamos, queda un filito de la noche, salto. Susana Iglesias (@vodkaybarracuda), escritora